Los Tecnopensadores

Los Tecnopensadores

Cuando se nos pide que imaginemos el futuro, tendemos a tomar el presente como referencia para, a continuación, especular sobre el destino, al que añadimos toda una serie de tecnologías y productos nuevos, y cosas que más o menos tienen sentido a partir de cierta interpolación de la evolución pasada de los acontecimientos.

También representamos esa sociedad futura de acuerdo a nuestra utopía del momento, dejándonos guiar principalmente por nuestros deseos, que son los habitantes mayoritarios de ese futuro imaginado. De ahí que tendemos a “tecnologizar” en exceso y a infravalorar el poderoso valor de elementos como las rueditas de las maletas que nos acompañarán durante los próximos milenios.

Se tecnologíza en exceso. En un momento empecé a asistir a esas conferencias tan de moda a las que van tanto los “prericos” como los “postricos” del mundo de la tecnología y los miembros de esa nueva categoría formada por los intelectuales tecnológicos. Al principio estaba encantado de ver que ninguno de ellos llevaba corbata. Pero esas conferencias y congresos, pese a su colorido y sus elegantes imágenes y animaciones informatizadas, me resultaban deprimentes. Sabía que no eran sitio para mí y no solo por su manera aditiva de enfocar el futuro (es decir, por su empeño en añadirle cosas en lugar de sustraer lo frágil). Tampoco era únicamente por la ceguera de la que hacían gala, atribuible a una neomanía a ultranza. Me llevó algún tiempo descubrir la verdadera razón, pero al final la encontré: era por su absoluta falta de elegancia.

Los tecnopensadores suelen tener “mentalidad de ingeniero” (o unas claras tendencias autistas por decirlo con palabras menos amables). Normalmente no llevan corbata, pero, como es lógico, estos tipos tienden a exhibir todos los rasgos del nerd de manual, resumidos en su ausencia de encanto y su interés por los objetos más que por las personas, lo que lleva a descuidar su apariencia externa. Les encanta la precisión, pero a costa de la aplicabilidad. Y sobre todo, suelen compartir una irritante falta de cultura literaria.

Esta falta de cultura literaria constituye en realidad un marcador de ceguera ante el futuro, porque viene habitualmente acompañado de una actitud denigratoria hacia la historia, que no deja de ser un efecto secundario de la neomanía incondicional que padecen. La literatura, fuera del nicho y género aislado de la ciencia ficción, hace referencia al pasado.

No aprendemos física ni biología a partir de manuales medievales, pero seguimos leyendo a Homero, a Platón o al modernísimo Shakespeare. No podemos hablar de esculturas sin conocer antes las obras de Fidias o Miguel Angel. Y todas pertenecen al pasado, no al futuro.

La persona dotada de sensibilidad estética conecta con sus antepasados solo con poner un pie en el museo. Abiertamente o no, tenderá a adquirir y a respetar el saber histórico, aunque sea para rechazarlo. Y el pasado es mucho mejor maestro acerca de las propiedades del futuro de lo que lo es el presente.

Para comprender el futuro no necesitamos la jerga tecnoautista, ni la obsesión por las Killer Apps, ni cosas de ese tipo. Necesitamos únicamente lo siguiente: un poco de respeto por el pasado, un mínimo de curiosidad por los anales históricos, apetito por la sabiduría de nuestros ancianos. Por así decirlo, si queremos entender el futuro, estamos obligados a dar una mayor ponderación a aquello que existe desde hace tiempo: a aquellas cosas que han sobrevivido.

Nassim Nicholas Taleb
Tomado del libro Antifrágil

 

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