La soledad del emprendedor

La soledad del emprendedor

Hay días que te levantas y sientes una sensación de soledad, vacío, intranquilidad, etc. Una sensación por la que, creo, pasamos la mayoría de los emprendedores. He tenido la oportunidad de compartir este pensamiento con muchos de ellos y casi todos coinciden en haberlo sentido alguna vez, no tiene además que ver ni con la edad ni con el sexo, pero casi todos la reconocen.

Entonces la pregunta es ¿Por qué nos pasa?

En principio, yo creo que por varios motivos:

Nuestro trabajo es tan intenso que cuando va bien es increíble, pero de repente empiezas a tener un cúmulo de circunstancias complejas, ajustes de tesorería, clientes que se caen, alguna persona del equipo que te falla, las fuerzas fallan también, anímicamente podemos estar más flojos (también en este aspecto afecta mucho el paso por la diferentes estaciones) etc.

Nos toca ser el líder, el ejemplo, el que siempre tiene buena cara, el que escucha los problemas de todo el equipo, el que encuentra las soluciones. El que siempre conserva el aliento para salir adelante. Somos además los que tenemos que hacer encaje de bolillos para que toda la orquesta funcione y para que todo el mundo esté contento: equipo, clientes, colaboradores, … etc.

¿Y a nosotros quién nos escucha, quién nos da aliento cuando nos preocupa algo de verdad? Sobre todo porque nos encontramos con otra dificultad: ojo a quien se lo cuentas no vaya a ser que lo interprete mal y crea que estas tirando la toalla: ¡NO!, no tiene que ver con esto, sino con las sensaciones y las emociones ¿La gente no se da cuenta de que también somos de carne y hueso? ¿Que somos humanos y no máquinas perfectamente diseñadas, que también tenemos nuestro corazón, que es igual que el de los demás?

Y aunque creo, de verdad, que para emprender tienes que ser de una casta especial, porque de lo contrario, no aguantarás, a veces hay que parar y decir: “¡Hoy no puedo más! ¡Me siento sola!”

En mi caso las pocas veces que ha ocurrido tengo claro a quién acudir: a mi familia, a mis amigos y, a veces, a mis mentores. Llevo siendo consciente de esta sensación y trabajándola desde hace ya 5 años y pico. ¿Qué significa que la esté trabajando? Pues que soy plenamente consciente de qué me lo provoca e intento seguir determinadas pautas para que poco a poco se pase y seguir con mi optimismo altamente contagioso y a prueba de bombas.

Lo primero, por tanto, es ser consciente, lo segundo intentar controlar tu cabeza para darle pautas, que lo malo no es tan malo y lo bueno tampoco, que al final hacemos todo lo que podemos y nos entregamos en cuerpo y alma para que las cosas salgan y que si no salen, no es por falta de esfuerzo y pasión, si no porque no tenían que salir. Intento disfrutar entre reunión y reunión con la música a tope en el coche cantando como una posesa, como si estuviera en un concierto en primera fila (sí, os lo podéis imaginar, alguno me mira con cara que estoy loca, otros me sonríen, estos son los mejores) de la suerte que tenemos de ser quienes somos, sacar lo mejor, mirar a la sierra de Madrid recién nevada, el amanecer, el atardecer, llegar a casa, a nuestro olor y ver que los tuyos, siempre estarán esperándote y dar las gracias por todo lo que tenemos y no quejarnos por lo poquito que no tenemos… que además no tardará en llegar.

A tropezar, caernos o cometer errores no nos enseñaron, es más, en nuestra generación, la del 70, estaba mal visto. Pero ahora, gracias a la cultura americana del emprendimiento y el fracaso, podemos aprovechar esto, y, sobre todo, enseñar a los más jóvenes y a los peques a vivir en este entorno de incertidumbre que llegó un día a nuestra vida para quedarse para siempre.

– María Gómez del Pozuelo – Womenalia

 

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