Uruguay y las galletitas danesas

Uruguay y las galletitas danesas


Ahora que terminó el Mundial de Fútbol, tenemos que pensar seriamente cómo capitalizar el buen desempeño de nuestra selección para ayudar a Uruguay a encontrar su verdadero lugar en el mundo.

A medida que los humanos maduramos, nos vamos dando cuenta de que la gente no necesariamente nos percibe de la manera que nos vemos a nosotros mismos. A los países les pasa lo mismo.

Durante muchos años viví en Dinamarca, un país pequeño y rico, tres veces más chico que Uruguay aunque bastante más poblado. Los daneses son raros, al igual que somos raros todos los países a los que no conoce bien nadie, porque no salimos en las películas ni en los informativos.

En Dinamarca todo el mundo está convencido de que son conocidos mundialmente por un montón de cosas: literatura, teatro, cine, energía eólica, grandes inventos e incluso por sus bebidas. La triste realidad es que la verdadera contribución de Dinamarca a la humanidad ha sido, para pesar de los daneses, los costureros de latas de galletitas.

En alguna casa seguramente exista algún libro de Kierkegaard o una película de Dogma. Pero la mayor parte de la humanidad no tiene idea de quienes son. Hans Christian Andersen es conocido pero, al igual que Maracaná, es una reliquia del pasado. Los daneses se ofenderán, pero su presencia en el imaginario global está directamente relacionada con las galletitas de manteca.

En Uruguay nos pasa lo mismo. Podemos hacer todas las demostraciones que queramos sobre el nacimiento de Gardel y el origen de la Cumparsita, pero a los ojos del mundo, el tango es argentino. 

Tendremos artistas y profesionales geniales pero, a nivel global, la cultura uruguaya no pincha ni corta. Nos guste o no, nuestro costurerito de lata es el fútbol.

Me gano la vida haciendo videojuegos para países extranjeros. Ocho de cada diez clientes con los que me reúno no tienen idea de dónde queda Uruguay. No es por ignorancia ni por maldad. Al fin y al cabo, yo tampoco puedo ubicar en el mapa a Burundi, no tengo idea de cuánta gente vive allí y mucho menos qué hacen los burundíes (¿o burundeses?).

A mis viajes de negocios siempre llevo dos Powerpoints. Uno sobre mi trabajo y otro lo tengo a mano, por las dudas, con fotos de Uruguay. Muestro fotos de gente, autos, casas, hablo del Plan Ceibal, de la industria del software, de nuestros artistas. No lo hago como embajador turístico sino simplemente para que vean que es un país normal. Porque el 99% de la gente sabe lo mismo sobre Uruguay que sobre Burundi.

Un amigo uruguayo que vive en Tokio me escribió en pleno mundial que anhelaba que ganáramos la Copa del Mundo así no tenía que explicarle a nadie más de donde venía. Parece chiste, pero no es un comentario menor. Es un grave problema tener que justificar su procedencia cada vez que uno necesita hablar de su trabajo.

Durante el Mundial estuve haciendo un videojuego para una empresa de Estados Unidos. Todas las semanas tenía una reunión telefónica con mis clientes que sabían poco de fútbol pero estaban entusiasmados con la participación de Uruguay. Uno de ellos me lo dijo con todas las letras: “la primera vez que había escuchado hablar de Uruguay fue cuando te conocimos hace seis meses”. Ahora, veía la bandera y escuchaba el nombre en ESPN todos los días. No es poca cosa.

El “Uruguay Natural” existe para la gente del Ministerio de Turismo y para cuatro gatos locos más. Para poder tener Marca País, primero hay que tener País en Mapa. En Uruguay tenemos que asumir primero que no nos conoce nadie. Duele, pero es verdad.

A nivel de presencia en los medios, estas cuatro semanas de sorprendente buen fútbol hicieron mucho más para poner en el mapa a Uruguay que el Oscar de Drexler, el Cervantes de Onetti, el vino Tannat, la Cumparsita, el Plan Ceibal, Torres García y Punta del Este. Aclaro lo de “sorprendente” porque hace unas semanas dije que en Uruguay eramos unos perros jugando al fútbol. Por suerte la selección me tapó la boca. Y todos esperamos que este Mundial sea un nuevo comienzo y no una feliz excepción.

Personalmente, y sin desmerecer al deporte, yo preferiría que nuestro país fuera conocido por su arte y su intelecto. Pero esto no va a ser así en el mediano plazo. La mejor chance que tenemos para que nos conozcan hasta los almaceneros de Bujumbura (capital de Burundi, gracias Wikipedia) es por el fútbol. Y a partir de ahí, a partir del momento en que te pueden poner en el mapa, recién entonces podemos aspirar a que nos conozcan por otra cosa.

No digo que tengamos que dejar de invertir en cultura, ciencia y tecnología. Pero me pregunto si la mejor manera de hacerlas crecer no será invirtiendo más en fútbol. De lo que estoy seguro es que, para entrar al mundo, Uruguay necesita un caballo de Troya. Capaz que debería tener forma de pelota.

Gonzalo Frasca, Ph.D.
Diseñador, Empresario e Investigador
Powerful Robot Games

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